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MARIO ARREGUI: CUESTIÓN DE RESPETO

MARIO ARREGUI: CUESTIÓN DE RESPETO

Mario Arregui

Mario Arregui, uno de los mejores

Hace ya muchos años en la ciudad de Trinidad, capital del Departamento de Flores- Uruguay, decidieron organizar un concurso de cuentos. El ganador se llevaría como premio la publicación de su cuento en el semanario Marcha y el segundo puesto una suscripción al periódico por un año. El jurado estaba formado por–en orden alfabético–Mario Arregui, Juan Carlos Onetti y Jorge Rufinelli. Los participantes deberían presentar tres copias a máquina, doble espacio, formato A4, en sobre cerrado, con seudónimo. Pedí prestada una máquina de escribir y con mucho esfuerzo copié un manuscrito que elegí, entre otros, con el fin de participar en el evento. Pasados algunos días me enteré que el jurado había decretado desierto el concurso, inclinándose por otorgar dos menciones especiales, que se llevarían el segundo premio; con el fin, tal vez, de alentar a los escribidores. Se me hizo saber que una de las menciones correspondió al trabajo mío que se titulaba La manifestación y la otra a un cuento del Señor A.P, corresponsal del diario La Mañana de Montevideo. Como no había comunicado a nadie sobre mi participación en el concurso, tal vez porque mi orgullo juvenil se encontraba herido guardé silencio y me presenté a escondidas a recibir el premio. Sin embargo el diario local publicó un pequeño texto con la noticia y eso fue todo.

Cierta tarde, tres o cuatro días después del fallo, llegué a casa de Mario Arregui pasado medio día. En el estudio, sentado frente a la vieja Remington, los anteojos de gruesa armazón apoyados en la punta de la nariz, el pelo entrecano desordenado, el infaltable cigarrillo entre el índice y el anular de su mano izquierda, luego de golpear la tecla de punto en la máquina, preguntó sin levantar la cabeza:

¿Qué decís, Sordito?

Como decir, nada–respondí mientras retiraba algunos libros de la silla para poder sentarme.

Anoche me las pasé escribiendo y escribiendo. Como a las seis me fui al café, me quedé como hasta las ocho y sabés…no he podido dormir. Este cuento me duele, no logro escribir un solo párrafo que encierre un poco de virtud como para ser leído por alguien.

Arrancó la hoja y la máquina crujió con un sonido casi humano, como un carraspeo, una especie de tos mecánica con cansancio de ser. Se incorporó, entonces, dio dos largas pitadas al cigarrillo y con tono señorial dijo:

Ahí, a tu derecha, está El banquete de Platón. Leo para llenar los espacios que no puedo llenar con palabras. Vaya uno a saber…Tal vez no me haya quedado claro el motivo. No es un cuento de amor, tal vez llegue a serlo, pero creo que es la historia de un tipo que mira a una mujer dormida; no tengo claro todavía quién es esa mujer. ¿Entendés, botija?

Si no me lo cuenta, no podremos saberlo–afirmé mientras hojeaba una edición de Rayuela.

Me jodió ese concurso de cuentos. No quería darle ninguna mención a nadie. El tipo que escribió La manifestación es un hijo de puta. Irrespetuoso, porque se mandó una historia sin madurar, así nomás, como jodiéndote, como que escribir cuentos es una labor elemental. Ese hijo de puta no sabe lo que es sudar para escribir un cuento. El cuento es el género más difícil de la literatura. Al viejo Onetti se le ocurrió la idea de anotar dos menciones, Jorge pensó que el cabrón, tal vez, se iba a dar cuenta que hay que romperse el culo para lograr un cuento aceptable. Del otro no te digo nada, porque para mí no vale ni la mención.

Encendí un cigarrillo, pité dos o tres veces seguidas, apoyé el Cortázar sobre la mesa de cemento y con voz firme pronuncié estas palabras:

La manifestación es mío. Elegí ese escrito entre otros. No debía decirle a usted porque mi verdadero nombre era secreto. Pero…Sí, es mío. Ese hijo de puta soy yo.

Mario se puso de pie,  apoyó las palmas sobre la mesa y con gesto de asombro, algo iracundo dijo:

¿Es tuyo? Si lo hubiera sabido lo habría hecho pedazos y a la basura. Cómo pudiste faltarle el respeto al cuento. ¿Has escrito otras cosas?

Cosa de pendejo, Mario, pero sí tengo otros trabajos.

Mañana los quiero aquí, voy a leerlos y te juro que los tiraré a la basura.

Acudí a la cita con mi carpeta de escritos bajo el brazo. Mario seguía tras la máquina, sin rasurarse, las horas de insomnio le habían palidecido el rostro, las letras de plomo golpeaban la cinta con aire sincopado, las pilas de libros se desvanecían entre el humo del tabaco y la siesta se colaba por la estrecha ventana convertida en melodía atonal en el canto de los pájaros. Saludó, estiró su brazo derecho, arrastró el tacho de basura–completamente lleno de bollos de papel–extendió su mano hacia mí y ordenó:

Esos escritos. Quiero esos manuscritos.

Le entregué la carpeta y leyó en silencio. Muy lentamente fue apilando las hojas en orden, con cuidado, y cuando terminó se quitó los anteojos y mientras encendía un cigarrillo dijo:

Tienes varias historias, algunas válidas, otras necesitan fe para ser válidas. Tienes historias, pero no tienes cuentos. Ahora debes escribir los cuentos. Uno por uno, párrafo por párrafo, quitándole todo lo que sobra, agregando aquello que resulte necesario. Debes emprender la tarea cuando sepas exactamente la historia desde principio a fin; luego debes preguntarte si es creíble, si es posible, si los personajes existen o comienzan a existir. Debes preguntarte una y otra vez si tú crees la historia, si realmente sabes la historia, si conoces a los protagonistas; si te encana la muerte en tu historia no la falsees, déjala entrar como si fueras a mimarla y luego simplemente síguela. Nunca te olvides del idioma, del idioma que hablas, de la palabra exacta que debes utilizar. No es lo mismo decir tetas, que decir senos o decir mamas. Una palabra… existe una palabra para definir aquello que quieres decir; el lector espera que le cuentes, que no le dejes espacios vacíos, que no le aburras. El cuento es un género difícil, debes abordarlo con respeto, con sinceridad, con astucia; pero, ante todo, tienes que lograr un clima, una atmósfera y allí sumergir al lector. No es necesario que te inventes una sorpresa, pero el fin debe caer a plomo, sin sobrantes, preciso, como un golpe en la nuca. Nunca abordes un cuento previsible, una historia elemental, que no crezca, que se deteriore en sus primeros párrafos. No compliques la historia con personajes que no puedas definir en toda su grandeza y humanidad. Tus personajes son en cuanto sean; parte sustancial der Ser del que vos también sos parte. Horacio Quiroga escribió un decálogo del buen cuentista, te convendría leerlo. Poe es fundamental, es necesario releerlo y analizar párrafo por párrafo. Nunca copies a nadie, el que inventó una metáfora es un genio, el que la repitió un idiota. No te fíes de los cuentos escritos por novelistas, porque a veces tienen sobrantes. Esto que te digo no es mío: la novela es cuestión de posaderas. Si deseas irte por las ramas escribe novela, no escribas cuento. El cuento debe ser breve, como dice Poe, debe poder leerse de un tirón. Hay excepciones, claro, El perseguidor de Cortázar ocupa ochenta páginas que te mantienen expectante. No, no me decepciona la novela, simplemente creo que el cuento es parte de otra narrativa; mucho más precisa.

Volvió Mario a su Remington. Necesitaba construir el cuento que había concebido y a medida que escribía la lata se rebozaba de bollos de papel. Tal vez en la madrugada, sentados a la mesa del café, le veríamos llegar con el cigarrillo en los labios y antes de sentarse nos diría:

Escribo el mejor cuento de mi vida.

CARLOS ANÁNDEZ.

MARIO ARREGUI nació en Trinidad Departamento de Flores, República Oriental del Uruguay el 15 de octubre de 1917 y murió en Montevideo el 8 de febrero de 1985 a la edad de 67 años.

En 1935 ingresó a la facultad de derecho para abandonar más tarde.

Durante la dictadura de Gabriel Terra y en las repercusiones de la guerra civil Española adhiere al Partido Comunista.

En 1938 visita Argentina y Paraguay.

Durante 1945 a 1946 visita cafeterías y entra en contacto con la llamada generación del 45: Juan Carlos Onetti, Francisco Espínola, Carlos Maggi, Ángel Rama, María Inés Silva, Amanda Berenguer, Carlos Denis Molina, Líber Falco y otros.

En 1947 se casó con Gladys Castelvecchi.

Desde 1957 a 1971 militó en el Frente Izquierda de Liberación fundado por el Partido Comunista del Uruguay.

En 1971 viajó a Europa y visitó Francia, Checoeslovaquia, España y fue jurado de Casa de las Américas en Cuba.

En 1977 es encarcelado, torturado y su cautiverio se prolonga por ocho meses.

OBRAS:

NOCHE DE SAN JUAN. 1956

HOMBRES Y CABALLOS. 1960

LA SED Y EL AGUA. 1964

LA PUERTA ABIERTA. 1966

TRES LIBROS DE CUENTOS. 1969

EL NARRADOR. 1972

VEINTE CUENTOS. 1978

LA ESCOBA DE LA BRUJA. 1979

LÍBER FALCO. 1984 re edición 1980

RAMOS GENERALES. 1985

CORRESPONDENCIA 1981-1985. 1990

LOS MEJORES CUENTOS. 1996

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