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LA LIBERTAD.

LA LIBERTAD.

Por Carlos Anández

Pero también la idea de libertad es al fundamento del derecho humano, necesidad que se inscribe en la historia como detonante de importantes revoluciones sociales y políticas.

Pero también la idea de libertad es al fundamento del derecho humano, necesidad que se inscribe en la historia como detonante de importantes revoluciones sociales y políticas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.
Miguel Hernández.

Dedicar un pequeño espacio al concepto de libertad es tarea difícil. Porque es necesario transitar senderos afines al hombre que podrían conducirnos a interpretaciones más cercanas a lo ético que aquello fundamentalmente histórico. Será necesario determinar la dirección en que vamos a usar el término libertad o sea si estimaremos libertad “para” o libertad “de”; que es lo mismo que decir voluntad de hacer o voluntad de ser. Más allá de su significación el término libertad encierra la idea de felicidad y por ello la idea de bien y como idea de bien es moral y como moral es al objeto subjetivo del hombre y como tal común a otros, humano, social. Pero también la idea de libertad es al fundamento del derecho humano, necesidad que se inscribe en la historia como detonante de importantes revoluciones sociales y políticas. Seguramente la lucha por la recuperación de un derecho social, aunque se inscriba en un momento histórico determinado, lleva impresa una premisa que en principio es moral, porque se fundamenta en la voluntad “para “consentir con otros un fin que no será mas que una conquista para la sociedad toda. Si la voluntad nace como realidad individual, en la medida que suma en otros, adquiere valor colectivo y se transforma en voluntad de poder. “Mientras le anime la voluntad de no aprisionar cada pensamiento nuevo en la envoltura de las leyes que se cristalizan en su entorno, oprimiéndolo como a las gotas de lava de que nos habla Nietzsche, pronto llegará el momento en que esa evolución no encuentre en su camino ningún obstáculo fundamental. En esto radica nuestra concepción de la libertad, en esto radica también la grandiosidad y, al menos en nuestro planeta, la unicidad provisional del cerebro humano, el cual, pese a sus gigantescas diferenciaciones y estructuraciones, es un órgano cuya función posee una capacidad de cambio digna de un Proteo, dispuesta a rebelarse incondicionalmente contra las limitaciones funcionales condicionadas por su propia estructura, y en un grado ni siquiera conocido por ese protoplasma que puede prescindir de estructuras rígidas.”(Konrad Lorenz- La teoría Kantiana de lo apriorístico bajo el punto de vista de la biología actual-Argos Vergara- 1983). Karl Marx en su intento de incluir el hombre en la naturaleza afirmaba: “El objeto primero del hombre-el hombre-es la naturaleza, la sensibilidad, y las especiales fuerzas esenciales sensibles del hombre, del mismo modo que solo encuentran su realización objetiva en los objetos naturales, sólo pueden encontrar, en general, su autoconocimiento en la ciencia del ser natural.(…) Un ser se considera independiente cuando se halla sobre sus propios pies, y sólo se halla sobre sus propios pies cuando debe a sí mismo su existencia.(…) El ser por sí mismo de la naturaleza y del hombre es inconcebible para él, porque se halla en contradicción con todas las cosas tangibles de la vida práctica.”(Karl Marx-Manuscritos económico-filosóficos de 1844-Grijalbo-1968). En esa contradicción señalada por Marx reside la causa fundamental para que la sensibilidad sea la base de toda ciencia y partiendo de ella “bajo la doble forma de la conciencia sensible y la necesidad sensible”, si la ciencia parte de la naturaleza, será ciencia real. Entonces para que el “hombre se convierta en objeto de la conciencia sensible y la necesidad del “hombre en cuanto a hombre “se convierta en necesidad, hay que pasar por la historia preparatoria y de desarrollo de toda la historia. La historia es de por sí una parte real de la historia natural, de la transformación de la naturaleza del hombre.”(Karl Marx- op. cit).

Es evidente, entonces, que el hombre debe considerarse integrado a las fuerzas de producción, siendo en cuanto trabaja y en cuanto su transformación en hombre–según Federico Engels–se fundamenta en el trabajo. El hombre transforma la naturaleza–los objetos naturales–desde su origen, desde que es capaz de comunicarse por medio de la palabra, que es la abstracción a través del objeto sensorial del objeto natural y de la imagen que conforma el pensamiento. El papel que juega el trabajo según Federico Engels–en la transformación del mono en hombre– es, de alguna manera, afirmación de su transformación cerebral, diferente en primates inferiores incapaces de generar elementos compatibles con la ciencia histórica. Así la mano humana es un componente físico fundamental con el que, el hombre, es capaz de generar cambios en la materia objeto de que es parte y forma: la naturaleza. Pero visto de esta manera el concepto cobra una abstracción demasiado elevada y parece desprenderse de la realidad tangible; porque el sentido evolutivo ya no lo es, sino que el sentido evolutivo parece concebirse solo con la palabra transformación. Transformarse es, de alguna manera, cambiar de forma y es aquí donde encontramos sentido a los enunciados anteriores. Cambiar de forma a través de la historia no significa un momento mágico, sino la aceptación real del objeto que cambia en cuanto adquiere sensibilidad y se conduce por su voluntad “para “revelarse como parte del objeto natural y encuentra su capacidad de “ser “parte de la naturaleza. Luego de este punto–el hombre en cuanto a hombre–se descubre sin esfuerzo que la voluntad debe entenderse como categoría intrínseca de la conciencia humana, generada en el protoplasma cerebral, que se inscribe en la ciencia natural como sensibilidad generadora, que no se representa como abstracción sino como direccionalidad, transformación social en cuanto al objeto humano, que es en sí objeto natural. Lejos se sitúa, entonces, el desarrollo anterior de aquella afirmación de Kant: “El deseo de extender nuestros conocimientos es tan grande, que solo detiene sus pasos cuando tropieza con una contradicción clarísima; pero las ficciones del pensamiento, si están arregladas con cierto cuidado, pueden evitar tales tropiezos, aunque nunca dejen de ser ficciones. (pp.152) Kant, [Immanuel] Kritik der reinen Vernunft- traducción: José del Perojo. Crítica de la razón pura- Buenos Aires, Losada, 1938. Pero el pensamiento, aunque ficción para Kant, es para nosotros una actitud reveladora, proceso de voluntad de hacer, de comprender. Tal vez en el Hegelianismo de Marx se pueda encontrar aquella explicación donde los hechos tienen origen en la historia y la historia parte de la historia de la ciencia natural según Marx. Entonces, de acuerdo al asunto que nos ocupa, debemos afirmar que la voluntad “de “ser libre se incluye en la historia y como tal en la historia de la ciencia natural. Tal manifestación, de ser moral, es solo intencionalidad; de ser histórica, es transformación de un objeto esencial como producto de una revolución social.

Obras citadas: Lorenz Konrad, Wuketits Franz M., La evolución del pensamiento, Argos Vergara, Barcelona, 1983.
Marx, Karl, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Grijalbo, México, 1968.
Kant [Immanuel] Kritik der reinen Vernunft- traducción José del Perojo, Crítica de la razón pura, Buenos Aires, Losada, 1938.
Aranguren, José Luis L. El marxismo como moral, Alianza editorial, 1968.
Engels, Federico, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, Editorial Progreso, Moscú, 1970.
Engels, Federico, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Editorial progreso, Moscú, 1970.

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UN FANTASMA VUELVE A RECORRER EUROPA

UN FANTASMA VUELVE A RECORRER EUROPA

71ª FERIA DEL LIBRO DE MADRID

Una edición del Manifiesto comunista bellamente ilustrada por Fernando Vicente, y publicada por una pequeña editorial, Nórdica, se ha convertido en éxito de ventas durante la 71° Feria del Libro de Madrid. En circunstancias diferentes de las actuales, tal vez bastaría buscar la explicación en los innumerables caprichos que, de acuerdo con los editores, deciden la suerte de los miles de títulos que aparecen cada año. La crisis, en cambio, sugiere indagar en otra dirección: aparte de entender lo que está pasando, parecería que los lectores quieren saber si existen alternativas y en qué consisten.

Los panfletos de la indignación, siempre con sus títulos conminatorios, habrían cubierto ese espacio desde que estalló la crisis y la respuesta de los Gobiernos se ajustó de forma unánime, e imperativa, a los programas defendidos por los partidos conservadores en tiempos de bonanza. Puesto que Marx y Engels redactaron una enmienda a la totalidad del sistema capitalista hoy de nuevo en crisis, puede que detrás del inesperado éxito de la reedición del Manifiesto comunista se encuentre cuando menos la curiosidad de revisar esa enmienda y dilucidar en qué aspectos podría seguir vigente y constituir una esperanza para unos países que están perdiendo casi todas.

El segundo congreso de la Liga Comunista, celebrado en noviembre de 1847 en Londres, encargó la redacción de un programa de acción a Marx y Engels, quienes lo dieron a la imprenta en febrero del siguiente año. Las ediciones y traducciones se multiplicaron a un ritmo vertiginoso desde entonces, algunas tan singulares como la de Bakunin al ruso en 1860, y los autores no dejaron de congratularse en cada nuevo prólogo de los muchos que redactaron para presentar el Manifiesto. “Me veo, por desgracia, en la obligación de firmar solo el prólogo a la presente edición alemana”, escribe Engels en 1883, fecha en la que se produce en sutil punto de inflexión, “Marx, el hombre al que la clase obrera de Europa y de América, considerada globalmente, debe más que a cualquier otro, Marx reposa en el cementerio de Highgate y sobre su tumba crece ya la primera hierba”.

A partir de 1883, Engels desea que “figure en el frontispicio del propio Manifiesto” el reconocimiento de que pertenece a Marx, de que es una intución “única y exclusivamente suya”, la idea de que “la historia entera ha sido una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominadoras y dominadas”. Más allá del tributo personal al amigo, Engels viene a decir en ese prólogo que, como señaló todavía junto a Marx en el de 1872, el Manifiesto debía entenderse como un documento histórico más que como un programa político. Si en 1872 los autores hablaban de la necesidad de correcciones para ponerlo al día, una década más tarde Engels, muerto Marx, da a entender que no se cree legitimado para introducirlas por su cuenta.

La condición de documento histórico que adquiere el Manifiesto a partir de 1883 le priva sin duda de su eficacia como programa político, pero le concede, en contrapartida, el atributo necesario para su éxito, la intemporalidad. El atributo suficiente derivará del género literario al que subrepticiamente se inscribe, y que es el de los relatos escatológicos para explicar el devenir del mundo. A partir de esa intuición que Engels reconoce como “única y exclusivamente” de Marx, los fundadores del socialismo científico redactan en apenas un centenar de páginas una gigantomaquia en la que el papel eterno de los explotadores y los dominadores es interpretado por el personaje de la burguesía, a la que se le opone en el papel de los explotados y los dominados, también eterno, el del proletariado.

A lo largo del Manifiesto se asiste entonces a las vicisitudes excepcionalmente bien narradas de un enfrentamiento ancestral, que evoca por momentos las del Gilgamesh y Enkidu babilonios o las de los ángeles bíblicos y sus espadas de fuego. Los hallazgos literarios del Manifiesto son tan abundantes como en los mejores poemas épicos de la antigüedad, como cuando Marx y Engels hablan del comunismo como “un fantasma que recorre Europa” o describen la crueldad que entonces imperaba en las relaciones de trabajo, igual que sigue imperando ahora, como “aguas heladas del cálculo egoísta”. Al igual que sucede con las obras que el transcurso del tiempo ha consagrado como clásicas, qué cerca y al mismo tiempo qué lejos de lo que dicen se encuentran los lectores de las sucesivas épocas.

José María Ridao – Madrid